Fiscal Integration in the European Union

Jean Monnet Chair

Universitat Abat Oliba CEU

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Artículo | «El euro: balance positivo y papel estabilizador, pero no suficiente.»

 

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Han pasado 20 años desde que el euro se convirtió en la moneda única de la eurozona. En relación al cumplimiento de los requisitos apuntados por la teoría de las Áreas Monetarias Óptimas (AMO) que cimentó la estructura del euro, se puede afirmar que el beneficio de compartir moneda ha superado a los costes. Aunque no se ha cumplido el requisito de similitud de estructuras productivas y su implementación ha contribuido a una mayor especialización productiva.

En relación a la flexibilidad de precios y salarios que permitan un ajuste rápido, sí que se ha producido, como se puede comprobar durante las crisis, dónde algunas economías como la española experimentan un ajuste vía aumento de los niveles de desempleo, unido a una devaluación interna con ajuste de precios y salarios. Respecto a la movilidad de factores, se ha experimentado un aumento de la movilidad de capitales, pero no sucede igual con el factor trabajo.

Otro requisito era la necesidad de un elevado grado de integración financiera. A día de hoy se ha avanzado en este sentido, principalmente en lo que a control bancario se refiere, pero aún no se puede hablar de una integración bancaria stricto sensu. En lo que se refiere a integración fiscal, a día de hoy es muy incipiente, y en el seno de la eurozona existen países con preferencias fiscales, ya sea por la parte del gasto o de los ingresos, muy diferentes. Es decir, se dispone de una única política monetaria pero 19 políticas fiscales diferentes, una distinta para cada país con euro.

Si se analiza la variación de magnitudes de los países de la UE durante estos 20 años, diferenciando el comportamiento de los países de la zona euro, ambos grupos experimentan comportamientos diferentes. Los países con una moneda distinta al euro, a medida que pasan los años, pierden sus posibles ventajas competitivas, mientras que la eurozona presenta un nivel de crecimiento más sólido que el resto de países de la UE.

En los países que adoptan el euro se aprecia una reducción de la variabilidad de las macromagnitudes, apuntando así un claro papel estabilizador de la moneda única en indicadores como el PIB real, el consumo privado, la demanda nacional, la tasa de paro, la inflación, el déficit público o el tipo de interés.

Durante la crisis del Covid, a diferencia de las anteriores crisis, esta vez no se ha puesto en duda la viabilidad del euro, como sí sucedió durante la crisis financiera y la de deuda soberana, pero sí se ha evidenciado que el impacto de una de las crisis más simétricas de le historia ha puesto sobre la mesa la problemática de compartir moneda y política monetaria con 19 recetas fiscales diferentes.

Como ya sucedió en las anteriores crisis, veremos a EEUU salir de la crisis como una unidad, coordinando la política fiscal y la de la reserva federal; a un gigante como China mantener niveles de crecimiento elevados; y a Europa cediendo posiciones en el peso relativo del PIB mundial, como ya sucedió tras la crisis financiera.

Albert Guivernau, profesor de Economía y miembro de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la UAO.

El euro ha propiciado mayor estabilidad y crecimiento, según una tesis de la UAO CEU

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El euro ha propiciado una mayor estabilidad económica y un crecimiento más sólido, ha concluido el profesor de la Universitat Abat Oliba CEU (UAO CEU) Albert Guivernau en la tesis doctoral ‘Un análisis del proceso de creación, transformación económica y resultados derivados de la adopción del Euro (1995 – 2017)’.

Guivernau constata en su tesis que la pertenencia al euro «reduce la variabilidad de las macromagnitudes de forma consistente en todos los países», todo ello con independencia del año de adopción de la moneda única, ha explicado la universidad en un comunicado este martes.

La tesis evidencia también que los países del euro han experimentado un aumento de su crecimiento, mientras que los ‘no euro’ han visto cómo se reducían sus niveles de crecimiento anual y cómo «han ido perdiendo sus posibles ventajas competitivas a medida que pasaban los años». Con todo, el autor de la investigación apunta que el euro no amortiguó la crisis financiera, que impactó de forma muy similar a todos los países de la Unión Europea, formaran parte o no de la eurozona.

Otro de los objetivos de la tesis era verificar si la eurozona cumple con los parámetros para ser un Área Monetaria Óptima (AMO), y Guivernau advierte que más de veinte años después de su creación no puede aún decirse que funcione como tal, puesto que carece de varios de los requisitos establecidos por los teóricos de las áreas monetarias.

Una de sus principales carencias es la falta de similitud entre las estructuras productivas de los países miembros: «No tenían esta similitud en el momento previo a la adopción del euro y la implementación de este ha contribuido a una mayor especialización productiva, pero no a una convergencia real en las estructuras productivas», señala el autor.

SEMINARIO | Un nuevo modelo europeo para regular las Big Techs: la Digital Markets Act a debate

La Cátedra Jean Monnet en integración fiscal europea (EUFIS) y la Cátedra Jean Monnet “Single Market & Competition Law in the Digital and Ecological Transition Era” organizan los próximos lunes 28 de junio y martes 29 de junio un seminario sobre el mercado único europeo, que versará sobre dos aspectos de notable relevancia:

Lunes 28, 17.00 – 18.30 – “Un nuevo modelo europeo para regular las Big Techs: la Digital Markets Act a debate”

A cargo de Jerónimo Maillo, Catedrático Jean Monnet, Real Instituto Universitario de Estudios Europeos

Se trata de un seminario interdisciplinar abierto a profesores, estudiantes, analistas políticos e investigadores que debatirá, desde diferentes disciplinas, dos aspectos fundamentales de la integración europea.

El seminario tendrá lugar de forma presencial en la Sala de Audiencias del Real Instituto de Estudios Europeos, sita en la Facultad de Derecho de la Universidad San Pablo-CEU. Se podrá asistir igualmente de forma telemática por medio de la plataforma Teams: enlace

TRIBUNA | Euforia sobredimensionada

Leer Tribuna en Cataluña Económica.

La definición tradicional de “euforia” hace referencia a una sensación exteriorizada de optimismo y bienestar, producida a menudo por la administración de medicamentos o drogas, o por alguna satisfacción material o espiritual. Una definición que encaja demasiado bien con el sentimiento generalizado en la opinión pública y en el seno de diferentes gobiernos europeos en relación al Plan de Reactivación Económica Next Generation EU. En el presente artículo trato de apuntar algunas ideas para explicar por qué creo que, en general, se está viviendo una reacción de euforia sobredimensionada en relación al NGEU.

La “sensación exteriorizada de optimismo” la hemos visto en artículos de prensa y comentarios políticos que hablan de “un nuevo Plan Marshall para Europa” o “la reconstrucción de la Europa post covid”. Pero, ¿está fundamentada esta euforia?

El gobierno aprobó hace unas semanas el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, por el que España puede llegar a absorber hasta 70.000 millones de euros en ayudas directas no reembolsables; que podrían llegar a 140.000 millones en caso de solicitar mayores fondos vía préstamos, aunque con condiciones muy ventajosas. Lo hizo al mismo tiempo que Alemania, Francia e Italia, en una clara imagen de unión de las mayores potencias económicas de la UE. Este Plan fue remitido a la Comisión el pasado 30 de abril y rápidamente suscitó algunas polémicas, la primera de ellas llevó a la Comisión a afirmar que desconocía si el Plan que el Gobierno había publicado en internet coincidía con el remitido a Bruselas. Aprovechó para solicitar a los países implicados un mayor ejercicio de transparencia.

Un primer hecho relevante que emana del Plan presentado por el gobierno a Bruselas –supongamos que se trata de la misma versión que ha publicado en su web– y que no suele tenerse en cuenta es que para España, a día de hoy, el Next Generation EU supondrá sobre el papel sólo 70.000 millones de euros reales hasta 2023, y no los 140.000 millones que parecen haberse instalado en la opinión pública. Esto es así porque el Gobierno sólo ha solicitado la parte del Plan que corresponde a las transferencias directas, optando –de momento– a renunciar a los préstamos. Es decir, España tendrá potencialmente disponibles hasta 140.000 millones de euros; lo que implica que puede no alcanzarse nunca esta cantidad.

Otro elemento a tener en cuenta es el factor tiempo, uno de los más importantes a la hora de hablar de costes de oportunidad. Se había previsto que los primeros fondos –un 10% de los 70.000 millones– llegaran a nuestro país este verano, pero la lentitud en el procedimiento hace pensar que los primeros fondos no llegarán hasta los últimos meses de 2021. El tiempo no sólo juega a la contra por la urgencia de recibir los fondos cuanto antes para empezar a acometer los proyectos de transformación, sino que también condiciona poder ir desbloqueando pagos a medida que se van ejecutando las distintas fases del proyecto. Todos deben estar finalizados y entregados “llaves en mano” antes de 2026 para poder recibir la totalidad de los fondos solicitados que hayan sido aprobados. Es decir, en el corto plazo no llegarán 70.000 millones sino 7.000 y, sobre la fecha inicialmente prevista, llegarán tarde.

Otro elemento a tener en cuenta es que el NGEU busca transformar la economía europea, no recuperar la actividad previa al estallido de la pandemia. Sólo se admitirán proyectos transformadores que encajen con las recomendaciones del Semestre Europeo para cada uno de los países. Estas recomendaciones se podrían resumir en cuatro:

1) “Tomar todas las medidas necesarias para abordar de manera efectiva la pandemia, sostener la economía y apoyar la recuperación posterior, así como garantizar la sostenibilidad de la deuda, al tiempo que mejorar la inversión”.

2) “Apoyar el empleo a través de acuerdos para preservar empleos; reforzar la protección contra el desempleo, mejorar la cobertura y la adecuación de los programas de ingresos mínimos y el apoyo familiar, así como el acceso al aprendizaje digital”.

3) “Garantizar la aplicación de medidas para proporcionar liquidez a las pequeñas y medianas empresas y a los autónomos, incluso evitando pagos atrasados. Centrar la inversión en la transición verde y digital, en particular en el fomento de la investigación y la innovación, la producción limpia y eficiente y el uso de la energía, la infraestructura energética, la gestión del agua y los residuos y el transporte sostenible”.

4) “Mejorar la coordinación entre los diferentes niveles de gobierno y fortalecer el marco de contratación pública para apoyar la recuperación de manera eficiente”.

Es decir, el Plan del Gobierno para el NGEU no puede ser una adaptación del Plan E que se impulsó en nuestro país con la anterior crisis económica. Ahora no es posible dedicar fondos a asfaltar carreteras, construir rotondas o poner césped en los campos de futbol municipales. Se trata de pensar más en inversión que en gasto. Las dos implican una transacción monetaria, pero no es lo mismo un gasto público que una inversión pública.

Además, nuestro país históricamente no ha sido de los mejores gestionando y ejecutando fondos europeos. En el anterior Marco Financiero Plurianual (2014-2020) España sólo se ejecutó el 34% de los fondos de que disponía. En el caso del NGEU los proyectos financiados deben estar ejecutados antes de finalizar 2026.

En referencia a la incidencia directa que los fondos puedan tener en la economía española las transferencias solicitadas con el Plan español representan aproximadamente el 6,2% del PIB de 2020. Eso sí, es necesario repartir este impacto hasta 2026, es decir aproximadamente un 1% del PIB de 2020. Con este cálculo no busco despreciar el papel del fondo, pero sí relativizar la euforia generalizada. El Next Generation EU puede ayudar a la transformación económica de nuestro país, pero no resolverá ninguna de las deficiencias estructurales y productivas que no sepamos resolver nosotros. En economía las expectativas juegan un papel fundamental para acelerar la realidad, ya sea para agudizar la crisis o para acelerar su salida. Conviene recordar esto para no generar unas falsas expectativas que acaben generando una frustración que se acabe volviendo contra la UE, generalizando posturas euroescépticas. Me atrevería a afirmar que si el NGEU sale bien se comunicará como un éxito de cada país (hay un plan para cada uno), en cambio si sale mal se culpará a Europa.

La respuesta a la crisis de la covid-19 ha supuesto un verdadero reto para la cohesión de la Unión Europea. A nivel económico el impacto ha sido superior al soportado por Estados Unidos o China; y a nivel sanitario, aunque inicialmente Estados Unidos sufriera un mayor impacto, Europa se ha visto rezagada en el proceso de vacunación. Mientras que en Estados Unidos se ha vacunado al 43% de la población, en la UE apenas se ha llegado al 25% [en el momento de escribir estas líneas]. El prestigio de las instituciones europeas está en juego.

Por parte del Gobierno, en el Plan remitido a Bruselas, se ha concretado una serie de inversiones en línea con las recomendaciones del Semestre europeo y el espíritu del Plan. No se ha bajado al detalle a la hora de afrontar las reformas estructurales del país, lo cual puede aventurar que poco se avanzará en este sentido y que la Comisión exigirá algún ajuste o mayor nivel de detalle en el plan español.

Si se compara la propuesta aprobada por España con las de Alemania, Francia e Italia, encontramos algunas diferencias. En el caso de Italia, por ejemplo, se ha hecho un importante énfasis en la educación y en la necesidad de cogobernanza de los fondos junto a la sociedad civil. Mientras que aquí la gestión se centraliza en la administración pública, hecho que ha levantado muchos comentarios de los socios europeos sobre la capacidad de España para poder absorber y gestionar eficientemente los fondos.

A día de hoy, en nuestro país aún no se ha realizado ninguna convocatoria real para presentar proyectos con cargo al fondo. Manuel de la Rocha, secretario general de Asuntos Económicos y G20 del Gobierno aseguró que “de aquí al verano” comenzarían a salir “convocatorias reales” vinculadas a estos fondos. Es decir, que aún no se ha abierto el plazo para presentar proyectos concretos, impacientando a las empresas y entidades que deben acabar liderando los proyectos.

La fecha en que se puedan desbloquear los fondos no está nada clara, pues aún faltan algunos países por ratificar la decisión de recursos propios de la UE –la ley que permite a la Comisión Europea pedir prestado para disponer de fondos– imprescindible para poner en marcha el NGEU.

Es más necesario que nunca ser objetivos con el fondo y la capacidad de nuestro país para absorber recursos, no generar falsas expectativas y no dejarse llevar por una euforia que no se sustente en datos reales y que puede desembocar en mayor frustración económica y social. Ojalá no sea así.

Albert Guivernau es Investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

 

TRIBUNA | Cuenta atrás para encontrar la ‘vacuna económica’

Leer Tribuna en Cinco Días.

El miércoles, la Comisión Europea, de la mano del vicepresidente ejecutivo para una Economía al Servicio de las Personas, Valdis Dombrovskis; del comisario de Economía, Paolo Gentiloni, y del comisario de Empleo y Derechos Sociales, Nicolas Schmit, presentó el paquete de recomendaciones del semestre europeo. Y, como suele ser habitual los últimos años, la economía española ocupó buena parte de las recomendaciones.

El semestre europeo es un espacio de coordinación de políticas económicas, presupuestarias, sociales y de empleo dentro de la Unión Europea. Forma parte del marco de gobernanza económica de la UE. Así pues, se trata de sugerir una serie de recomendaciones y medidas para cohesionar las economías de la UE, y en las que los Estados miembros trabajan especialmente durante los primeros meses del año, de ahí el nombre de semestre europeo.

De la economía española se habló mucho y se reconoció abiertamente que España está experimentando desequilibrios, una manera educada de referirse a la que probablemente acabe siendo la peor recesión de la Europa pos-Covid. La Comisión hace énfasis en las “vulnerabilidades” que sufre la economía española experimentando al mismo tiempo un elevado nivel de endeudamiento, que no se veía en España desde 1902; y una elevadísima tasa de de­sempleo, aún edulcorada por los ERTE, que no se prevé empiece a descender hasta el año que viene.

En nuestro caso, la casilla de salida de la crisis económica derivada del Covid es notablemente peor que el punto de partida de la crisis financiera. En 2008 la tasa de paro se movía alrededor del 8%; en 2020, alrededor del 14%; la deuda pública suponía un 40% del PIB, mientras que al inicio de la pandemia ya era del 100% del PIB, sin olvidar que España no recuperó el PIB nominal de 2008 hasta 2016 (ocho años después). Esto no hace más que aumentar la distancia entre España y los motores económicos de Europa.

A día de hoy, la deuda pública española ya ha alcanzado el 120% del PIB. Para frenar esta aceleración del endeudamiento la Comisión recomienda a todos los Estados poner especial atención en los gastos del funcionamiento ordinario de la Administración, concretamente solicitan “una política fiscal prudente” para poder acotar el incremento del gasto público. Debería preo­cuparnos no tanto el aumento del gasto público y el consiguiente endeudamiento, como la finalidad de ese incremento de gasto/endeudamiento, es decir, para qué nos endeudamos. Si fuera para mejorar la productividad, impulsar la creación de empleo o poner en marcha los cambios estructurales que la economía española necesita, no sería un problema. Pero me temo que buena parte de ese incremento de deuda tiene como fin mantener la Administración funcionando.

Una de las principales recomendaciones de Bruselas es que las ayudas procedentes del plan Next Generation EU financien inversiones adicionales que fomenten el crecimiento desde una perspectiva de transformación digital y ecológica, y afronten los principales problemas estructurales de la economía española. Estos problemas serían los derivados de la baja productividad, el elevado nivel de desempleo y el elevado peso del sector servicios. Seguirán ayudando a las finanzas públicas, pero advierten de la necesidad de no acomodarse en el déficit.

El semestre europeo confirma que la cláusula de escape general, que permite el incumplimiento de las reglas fiscales para combatir los efectos de la pandemia seguirá en vigor en 2022 y se desactive con la entrada de 2023. Se habla de “evitar una retirada prematura del apoyo y hacer un uso de la financiación del Fondo de Recuperación y Resiliencia”, apuntando que se analizará la retirada de medidas fiscales caso por caso. Es decir, quizá no será de golpe, pero en 2023 sí se iniciará el fin de la barra libre fiscal y los Estados deberán adoptar posiciones fiscalmente más sostenibles.

Si estuviera en vigor el Pacto de Estabilidad y Crecimiento solo tres países (Bulgaria, Dinamarca y Suecia) cumplirían las dos principales reglas: mantener el déficit por debajo del 3% y la deuda pública por debajo del 60%. Si solo se toma en referencia la deuda pública, 13 Estados rebasan el 60%: España, Bélgica, Alemania, Grecia, Francia, Croacia, Italia, Chipre, Hungría, Austria, Portugal, Eslovenia y Finlandia.

Según lo manifestado ayer en el marco del semestre europeo, a España le quedan 18 meses para encontrar una “vacuna económica”, una receta que le permita salir de la crisis sin los elevados costes con los que supuestamente se había salido de las anteriores. Y digo supuestamente porque como he explicado en párrafos anteriores, España afronta una crisis económica sin haber llegado a salir de la anterior. Estos costes los encontramos en un elevado nivel de desempleo –estructuralmente altísimo–, que lastra la recuperación económica por una caída de la demanda interna y lastra las finanzas públicas por una reducción de ingresos (principalmente por caída de IRPF) y un aumento de los gastos (principalmente por prestaciones). Además, un elevado nivel de desempleo provoca salarios bajos, poco consumo y mucha rotación laboral, cronificando la temporalidad y un mercado dual que impide que los que tienen trabajo tampoco consuman en exceso. Si a esto le añadimos el problema de las pensiones y las dificultades que se prevén para el sector turístico este verano (un 15% del PIB de nuestra economía), el panorama es desolador.

Si la capacidad de endeudamiento público no se ha visto alterada notablemente ha sido por el papel del BCE y su política monetaria y sus compras masivas de activos, que han engrosado el balance del BCE hasta más de un 60% del PIB de la eurozona. Tenemos año y medio por delante para poner las bases de una economía capaz de sobrevivir sin el “lo que haga falta” de Fráncfort.

Albert Guivernau es Investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

 

TRIBUNA | ¿Un tipo impositivo único para el Impuesto de Sociedades en Europa?

Leer Tribuna en El Economista.

Esta semana se ha puesto sobre la mesa lo que podría ser uno de los mayores avances en integración fiscal europea desde el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria, más conocido como Pacto Fiscal Europeo, o la emisión de deuda común en la UE que implica el Plan Next Generation EU. Se ha puesto sobre la mesa la adopción de un impuesto de sociedades común en la Unión.

La propuesta ha visto la luz con la presentación de un informe por parte del Observatorio de Fiscalidad de la UE, un nuevo centro de investigación financiado por la UE y dirigido por el economista francés Gabriel Zucman que fue presentado este martes en la Comisión Europea junto con las recomendaciones de primavera del Semestre Europeo.

Este observatorio se une al debate sobre el tipo mínimo impositivo en sociedades que está pilotando la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que defiende que los países de la UE podrían recaudar hasta 50.000 millones más con un tipo mínimo del 15% para las multinacionales. Este aumento de recaudación, según la OCDE, se dispararía hasta los 100.000 millones en el caso de un tipo mínimo efectivo del 21% y hasta 170.000 en el caso de que este tipo fuera del 25%.

Según el informe del Observatorio España podría aumentar su recaudación en 12.400 millones de euros anuales, un 43,7% más que ahora, si se acuerda un tipo global del 25%, aumento de recaudación que se reduciría a 5.400 millones con el 21% y a sólo 700 con el 15%, el tipo que defiende EE.UU en la OCDE.

El objetivo de este tipo mínimo en el impuesto de sociedades es que aumente la tributación efectiva de las grandes multinacionales. Con la medida se busca establecer un mínimo global para evitar incentivos para trasladar sus beneficios a jurisdicciones con tipos muy bajos, como Irlanda, Luxemburgo o Países Bajos en la UE, o a paraísos fiscales. Al mismo tiempo que se debate como asignar los beneficios para que las empresas tributen dónde operan, aunque no tengan presencia física en ese territorio.

Este posible acuerdo supondría un avance importante en lo que refiere a ingresos tributarios a nivel europeo y, sin duda, abriría un nuevo marco fiscal en la UE, que rápidamente podría generar debate sobre otras figuras tributarias.

El tipo impositivo por el que apuesta el informe sería el de 25%, mientras que la administración Biden prefiere un tipo mínimo del 15%. Se trata de una aproximación a la medida, cuyo éxito dependerá del nivel de adopción por parte de los países. Lo ideal sería que hubiera un acuerdo global o, en su defecto, un acuerdo en el seno de la UE, aunque con un elevado riesgo de comportamientos oportunistas por terceros países. El escenario en el que la medida sería un fracaso es el que contempla que sólo unos pocos países dieran el paso. En ese caso los incentivos para estar fuera del marco del acuerdo serían demasiado fuertes, perjudicando de forma notable a los firmantes.

En el análisis por sectores, uno de los principales afectados sería el bancario, ya que acabarían pagando un 42 % más de lo que lo hacen ahora. El conjunto de multinacionales de la UE acabaría abonando cerca de un 50% en la factura del impuesto de sociedades. Los autores del informe apuntan que para los estados de la UE existe un mayor potencial de ingresos aumentando los impuestos a las empresas de la UE que gravando a las extracomunitarias.

En el año 2020 los ingresos por el IS cayeron un 33,2% sobre 2019, situándose en los 15.858 millones, la cifra más baja desde 1999. Y el tipo efectivo en el IS se situó en el 8,3%, lejos del 25% de tipo que fija nuestra legislación, o del 15% para las empresas de nueva creación. Así pues podemos observar el papel que pueden jugar bonificaciones, deducciones y compensación de pérdidas de ejercicios anteriores. El éxito de la propuesta dependerá del número y estructura de los países que lo adoptan. Si no existe un gran consenso, países emergentes pueden aprovechar y aumentar su ventaja, sumando la fiscalidad a su mayor productividad.

Si nos fijamos en cómo evolucionó el peso relativo del PIB mundial desde el inicio de la crisis financiera 10 años después de la caída de Lehman Brothers nos encontramos que los BRICS pasaron de aportar un 11,6% del PIB en 2007 a un 22,78% en 2016. EE.UU pasó el 26,9% al 24,5%. La UE fue la gran damnificada de esa crisis, pasando del 29,8% en 2007 al 21,7% en 2016. Durante este periodo se produjo el ‘sorpasso’ de la economía estadounidense sobre la de la UE; y los BRICS se beneficiaron de la pérdida de peso económico relativo de EEUU y -en mayor medida- de la UE.

La medida propuesta por el Observatorio de Fiscalidad de la UE resulta innovadora, pero no podemos olvidar que la economía-aún más tras la pandemia- es global, y tanto el capital como la producción pueden migrar a países externos al eje tradicional EEUU-UE.

Albert Guivernau es Investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

 

Reforma tributaria en perspectiva europea | Crónica del Diálogo «La integración fiscal europea a debate» con Valentí Pich y Salvador Guillermo

Leer noticia en la web de la Universitat Abat Oliba CEU.

La Cátedra Jean Monnet sobre Integración Fiscal en la UE ha celebrado un debate, en el que, al hilo de una posible armonización fiscal europea, se han analizado los puntos clave de una eventual reforma del sistema impositivo de nuestro país. Han participado el presidente del Consejo General de Economistas de España, Valentín Pich, y el secretario general adjunto y director del Departamento de Economía de Foment del Treball, Salvador Guillermo.

Cuando un economista como Pich analiza los impuestos suele incidir en su impacto en el funcionamiento global de la economía. Por esta razón, ha advertido de que nuestro país tiene “un problema con el impuesto al trabajo”. A su juicio, “las cotizaciones a la Seguridad Social implican un gravamen sobre la creación de puestos de trabajo lo que supone un hándicap en un país con unas tasas de desempleo tan elevadas”. No obstante, reconoce la complejidad de introducir cambios en la materia, ya que ello requeriría encajarlos en una reforma del sistema tributario en su conjunto.

A su juicio, el momento de haber enmendado esta situación fue con la implantación del IVA en España. “Se estuvo muy cerca”, pero finalmente la oportunidad no llegó a materializarse.

Respecto al Impuesto sobre Sociedades, Pich ha destacado que la recaudación respecto al PIB se sitúa en nuestro país ligeramente por encima de Alemania. También ha querido remarcar la diferencia entre presión y esfuerzo fiscal y la idea de que “quien tributa no son los PIB sino las bases imponibles de las personas”.

Ante los vientos reforma tributaria, ha afirmado que “la posibilidad de actuar es muy difícil”. Según ha descrito, queda poco margen a las novedades en las grandes figuras impositivas.

Sí que habría un camino por recorrer en el campo de la imposición medioambiental. Según ha expresado, el tema medioambiental ha de enfocarse también como un “factor de competitividad” y con el ánimo de “favorecer a determinada industria”. Ahora bien, “lo que no puede suceder es poner impuestos sobre impuestos”. En este sentido, ha reclamado claridad: “un impuesto medioambiental debería ser potente. La gente debería saber que, si hace determinadas cosas, lo va a pagar, pero no que el impuesto aparezca en un recibo mezclado con otras cosas”.

Imposible armonizar la imposición directa

En un debate convocado para hablar sobre integración fiscal europea Salvador Guillermo ha puesto de manifiesto las dificultades que existen para armonizar la tributación directa. “Es imposible un proceso de armonización en imposición directa”. Esto es así porque a los países europeos “casi no les queda ya soberanía en política económica” y es improbable que accedan a ceder competencias sobre los impuestos directos.

Guillermo ha hecho estas valoraciones un día después de haberse publicado la Comunicación de la Comisión al Parlamento y el Consejo sobre la fiscalidad de las empresas del siglo XXI. Como se ha dicho, las pocas novedades que son esperables se centrarán en la elusión de bases imponibles y también en aspectos como “la información entre estados, la transparencia de las empresas, la localización de las digitales y la valoración y ubicación de los intangibles”, ha enumerado.

También ha dedicado una valoración sobre la imposición medioambiental, para lamentar que muchas figuras que llevan este apelativo realmente no tienen una conexión material con la finalidad medioambiental. Ha puesto como ejemplo el canon del agua de Cataluña, en el que, “hagas lo que hagas, pagas, como mínimo, como si hubieras consumido doce metros cúbicos”. Es decir, no es un impuesto diseñado para desincentivar el consumo sino con un fin recaudatorio. “A veces, se busca un tinte medioambiental, cuando lo que realmente hay detrás del impuesto es una máquina registradora”.

El debate ha sido moderado por el director de la Cátedra Jean Monnet sobre Integración Fiscal en la UE de la Universitat, Juan Corona.

 

Diálogo «La integración fiscal europea a debate» con Valentí Pich y Salvador Guillermo

El próximo jueves 20 de Mayo a las 12h, desde el equipo de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS), hemos organizado un Diálogo bajo el título «La integración fiscal europea a debate», con Valentí Pich, presidente de los Colegios de Economistas de España y Salvador Guillermo, secretario general adjunto y Director de Economía de Foment del Treball, moderado por Juan Corona, director de la Cátedra.

El formato del acto será de semi presencialidad, con la posibilidad de asistir en directo en el Aula Curia Iuris de la Universitat Abat Oliba CEU (previa confirmación vía e-mail a [email protected]) respetando las medidas sanitarias vigentes, y a través del siguiente enlace de Zoom de la Cátedra: Unirse a la Reunión.

Celebración del Día de la «admirada» Europa

Leer noticia en la web de la Universitat Abat Oliba CEU.

Nuestra universidad, a través de la Cátedra Jean Monnet sobre Integración Fiscal en la UE, ha realizado un acto para celebrar el Día de Europa, en el que se conmemora la Declaración Schuman, considerada el punto de partida del proceso de integración europeo.

Al pie de la bandera de la UE que se ha colgado en la fachada del claustro, el director de la Cátedra, Juan Corona, ha destacado la “admiración” que la Europa comunitaria despierta en todo el mundo. Frente a la impaciencia que puede, en ocasiones, generar la complejidad de los procesos de decisión en la UE, ha querido reivindicar la cultura de debate que caracteriza la política comunitaria.

Corona ha recordado que las comunidades europeas sirvieron para traer la paz a las naciones europeas tras más de medio siglo de luchas continuas, algunas tan cruentas como las dos guerras mundiales. En este sentido, el rector de la Universitat, Rafael Rodríguez-Ponga, ha querido poner el acento en el ideal de “concordia” que inspira el proyecto europeo, un principio que conecta directamente con el pensamiento cristiano, ha añadido.

El acto, que se ha cerrado con la interpretación del himno de Europa (tomado de la novena sinfonía de Beethoven), ha contado con la presencia del delegado de Defensa en Cataluña, José Luis Barón Touriño, que ha aportado la perspectiva de la política de defensa común. Barón Touriño correspondía también a la participación de Juan Corona en la jornada sobre los 400 años de la batalla de Lepanto organizada recientemente en Barcelona por la Armada.

TRIBUNA | «Cataluña, a la espera de los fondos Next Generation EU»

Leer Tribuna en ABC.

En estos últimos años, y en buena medida por las ideas trasladas a través de diversos organismos institucionales, se ha percibido con claridad en Cataluña una disminución del espíritu europeísta tradicionalmente defendido por organizaciones públicas y privadas. Incluso entre los más jóvenes son escasas las referencias a la Unión Europea, más allá de los codiciados programas Erasmus de intercambio estudiantil.

Cuando en la transición se hablaba de democracia, modernización y crecimiento, las referencias a Europa eran obligadas. Ese era el modelo social, político y económico que se deseaba. El ingreso de España en la, entonces, Comunidad Económica Europea fue acogido como un triunfo colectivo de nuestra sociedad, especialmente en Cataluña.

Desgraciadamente, vivimos en una época de escasa memoria colectiva, y pocos reconocen lo que supuso el ingreso en el club comunitario para una sociedad cerrada y relativamente anclada en el pasado. Así es posible no sólo percibir un cierto desprecio por las instituciones comunitarias, sino incluso un abierto rechazo a nuestra pertenencia a las mismas. El Brexit está, todavía, demasiado cercano.

En realidad, debería ser suficiente el privilegio de formar parte de un grupo de países que representan un conjunto de valores, deseados y admirados por todo el mundo: humanismo, cultura, diversidad, solidaridad,… Sin olvidarnos de todo el impacto que ello ha supuesto en nuestro desarrollo económico. Puede decirse que ser europeo implica dos puntos de vista, el identitario y el pragmático, y que ambos están estrechamente relacionados.

Poniendo el foco en Cataluña, y partiendo de la actual situación de crisis económica derivada de la pandemia, aunque continuadora de una clara desaceleración en los años anteriores, la visión de la Unión Europea no debiera generar ningún tipo de duda.

Frente a las actuales circunstancias, pertenecer a la UE es una garantía para obtener fondos para la recuperación, y la tranquilidad derivada de la mutualización de la deuda.

Es cierto que los retos que se presentan a la UE en su conjunto son muy elevados, pero no es difícil imaginar que ocurriría si tuviéramos que afrontarlos en solitario. Cataluña espera ávida su parte de los fondos Next Generation EU, pero conviene no olvidarse que dichos fondos están condicionados a la ejecución de los proyectos presentados, lo que exige rigor y eficiencia en su diseño y desarrollo.

Además no debe cometerse el error de planificar proyectos de gasto poco eficientes. En tal caso, los fondos supondrían un mero alivio cortoplacista a nuestros problemas económicos. Desde nuestro punto de vista es imprescindible priorizar proyectos que generen un alto valor añadido de cara al futuro :adecuación del sector turístico a la transformación energética, climática y digital; de clústeres orientados a la interconexión con redes de transporte transeuropeas y globales; refuerzo de la importancia del puerto de Barcelona; fomento de la conectividad a través del Corredor Mediterráneo; y flexibilización y potenciación el sector educativo, a todos sus niveles.

Para conseguirlo, resulta imprescindible ante todo, una modernización y digitalización real de la administración pública, haciéndole más ágil, segura y cercana al ciudadano (sistema educativo, justicia, servicios públicos…). En segundo lugar,una apuesta decidida por la ciencia y la innovación, aumentando los recursos destinados a I+D+i y a educación. Y, por supuesto, una reforma y modernización del sistema fiscal, adaptado a los tiempos, orientado a la competitividad y alineado con las tendencias imperantes en el entorno internacional, especialmente el europeo.

En dicho sentido, y teniendo en cuenta los retos a los que nos enfrentamos, disponer de la experiencia y conocimiento de expertos independientes resulta imprescindible para garantizar el éxito de los proyectos y acceder a los fondos Next Gen EU. La participación de destacados empresarios, directivos y expertos económicos es esencial a tal efecto, y la sociedad catalana dispone indudablemente de dicho talento. Es imprescindible utilizarlo cuanto antes.

Juan Corona es Director de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

 

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