Fiscal Integration in the European Union

Jean Monnet Chair

Universitat Abat Oliba CEU

Tag: Albert Guivernau

Artículo | «El euro: balance positivo y papel estabilizador, pero no suficiente.»

 

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Han pasado 20 años desde que el euro se convirtió en la moneda única de la eurozona. En relación al cumplimiento de los requisitos apuntados por la teoría de las Áreas Monetarias Óptimas (AMO) que cimentó la estructura del euro, se puede afirmar que el beneficio de compartir moneda ha superado a los costes. Aunque no se ha cumplido el requisito de similitud de estructuras productivas y su implementación ha contribuido a una mayor especialización productiva.

En relación a la flexibilidad de precios y salarios que permitan un ajuste rápido, sí que se ha producido, como se puede comprobar durante las crisis, dónde algunas economías como la española experimentan un ajuste vía aumento de los niveles de desempleo, unido a una devaluación interna con ajuste de precios y salarios. Respecto a la movilidad de factores, se ha experimentado un aumento de la movilidad de capitales, pero no sucede igual con el factor trabajo.

Otro requisito era la necesidad de un elevado grado de integración financiera. A día de hoy se ha avanzado en este sentido, principalmente en lo que a control bancario se refiere, pero aún no se puede hablar de una integración bancaria stricto sensu. En lo que se refiere a integración fiscal, a día de hoy es muy incipiente, y en el seno de la eurozona existen países con preferencias fiscales, ya sea por la parte del gasto o de los ingresos, muy diferentes. Es decir, se dispone de una única política monetaria pero 19 políticas fiscales diferentes, una distinta para cada país con euro.

Si se analiza la variación de magnitudes de los países de la UE durante estos 20 años, diferenciando el comportamiento de los países de la zona euro, ambos grupos experimentan comportamientos diferentes. Los países con una moneda distinta al euro, a medida que pasan los años, pierden sus posibles ventajas competitivas, mientras que la eurozona presenta un nivel de crecimiento más sólido que el resto de países de la UE.

En los países que adoptan el euro se aprecia una reducción de la variabilidad de las macromagnitudes, apuntando así un claro papel estabilizador de la moneda única en indicadores como el PIB real, el consumo privado, la demanda nacional, la tasa de paro, la inflación, el déficit público o el tipo de interés.

Durante la crisis del Covid, a diferencia de las anteriores crisis, esta vez no se ha puesto en duda la viabilidad del euro, como sí sucedió durante la crisis financiera y la de deuda soberana, pero sí se ha evidenciado que el impacto de una de las crisis más simétricas de le historia ha puesto sobre la mesa la problemática de compartir moneda y política monetaria con 19 recetas fiscales diferentes.

Como ya sucedió en las anteriores crisis, veremos a EEUU salir de la crisis como una unidad, coordinando la política fiscal y la de la reserva federal; a un gigante como China mantener niveles de crecimiento elevados; y a Europa cediendo posiciones en el peso relativo del PIB mundial, como ya sucedió tras la crisis financiera.

Albert Guivernau, profesor de Economía y miembro de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la UAO.

El euro ha propiciado mayor estabilidad y crecimiento, según una tesis de la UAO CEU

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El euro ha propiciado una mayor estabilidad económica y un crecimiento más sólido, ha concluido el profesor de la Universitat Abat Oliba CEU (UAO CEU) Albert Guivernau en la tesis doctoral ‘Un análisis del proceso de creación, transformación económica y resultados derivados de la adopción del Euro (1995 – 2017)’.

Guivernau constata en su tesis que la pertenencia al euro «reduce la variabilidad de las macromagnitudes de forma consistente en todos los países», todo ello con independencia del año de adopción de la moneda única, ha explicado la universidad en un comunicado este martes.

La tesis evidencia también que los países del euro han experimentado un aumento de su crecimiento, mientras que los ‘no euro’ han visto cómo se reducían sus niveles de crecimiento anual y cómo «han ido perdiendo sus posibles ventajas competitivas a medida que pasaban los años». Con todo, el autor de la investigación apunta que el euro no amortiguó la crisis financiera, que impactó de forma muy similar a todos los países de la Unión Europea, formaran parte o no de la eurozona.

Otro de los objetivos de la tesis era verificar si la eurozona cumple con los parámetros para ser un Área Monetaria Óptima (AMO), y Guivernau advierte que más de veinte años después de su creación no puede aún decirse que funcione como tal, puesto que carece de varios de los requisitos establecidos por los teóricos de las áreas monetarias.

Una de sus principales carencias es la falta de similitud entre las estructuras productivas de los países miembros: «No tenían esta similitud en el momento previo a la adopción del euro y la implementación de este ha contribuido a una mayor especialización productiva, pero no a una convergencia real en las estructuras productivas», señala el autor.

La Cátedra Jean Monnet tiene un nuevo Doctor

En la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU… ¡Estamos de enhorabuena!

Hace unos días el profesor Albert Guivernau, miembro de la Cátedra Jean Monnet defendió su tesis doctoral: «Un análisis del proceso de creación, transformación económica y resultados derivados de la adopción del euro (1995-2017)».

La adopción del euro por un nutrido grupo de países de la UE en 1999 supuso un hito en el  proceso de integración europea. Después de 20 años desde su adopción ya se tiene una muestra significativa para poder analizar si se cumple o no la teoría de las Áreas Monetarias Óptimas en el caso del euro, los procesos que se a activan una vez se adopta la moneda única, o qué papel juega ante shocks externos. La investigación del Dr. Guivernau trata de arrojar luz al balance sobre los años de aplicación del euro, en base al análisis de las diferentes macromagnitudes distinguiendo dos grupos de países en el seno de la UE: los que forman parte de la eurozona y los que no han adoptado el euro.

TRIBUNA | Euforia sobredimensionada

Leer Tribuna en Cataluña Económica.

La definición tradicional de “euforia” hace referencia a una sensación exteriorizada de optimismo y bienestar, producida a menudo por la administración de medicamentos o drogas, o por alguna satisfacción material o espiritual. Una definición que encaja demasiado bien con el sentimiento generalizado en la opinión pública y en el seno de diferentes gobiernos europeos en relación al Plan de Reactivación Económica Next Generation EU. En el presente artículo trato de apuntar algunas ideas para explicar por qué creo que, en general, se está viviendo una reacción de euforia sobredimensionada en relación al NGEU.

La “sensación exteriorizada de optimismo” la hemos visto en artículos de prensa y comentarios políticos que hablan de “un nuevo Plan Marshall para Europa” o “la reconstrucción de la Europa post covid”. Pero, ¿está fundamentada esta euforia?

El gobierno aprobó hace unas semanas el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, por el que España puede llegar a absorber hasta 70.000 millones de euros en ayudas directas no reembolsables; que podrían llegar a 140.000 millones en caso de solicitar mayores fondos vía préstamos, aunque con condiciones muy ventajosas. Lo hizo al mismo tiempo que Alemania, Francia e Italia, en una clara imagen de unión de las mayores potencias económicas de la UE. Este Plan fue remitido a la Comisión el pasado 30 de abril y rápidamente suscitó algunas polémicas, la primera de ellas llevó a la Comisión a afirmar que desconocía si el Plan que el Gobierno había publicado en internet coincidía con el remitido a Bruselas. Aprovechó para solicitar a los países implicados un mayor ejercicio de transparencia.

Un primer hecho relevante que emana del Plan presentado por el gobierno a Bruselas –supongamos que se trata de la misma versión que ha publicado en su web– y que no suele tenerse en cuenta es que para España, a día de hoy, el Next Generation EU supondrá sobre el papel sólo 70.000 millones de euros reales hasta 2023, y no los 140.000 millones que parecen haberse instalado en la opinión pública. Esto es así porque el Gobierno sólo ha solicitado la parte del Plan que corresponde a las transferencias directas, optando –de momento– a renunciar a los préstamos. Es decir, España tendrá potencialmente disponibles hasta 140.000 millones de euros; lo que implica que puede no alcanzarse nunca esta cantidad.

Otro elemento a tener en cuenta es el factor tiempo, uno de los más importantes a la hora de hablar de costes de oportunidad. Se había previsto que los primeros fondos –un 10% de los 70.000 millones– llegaran a nuestro país este verano, pero la lentitud en el procedimiento hace pensar que los primeros fondos no llegarán hasta los últimos meses de 2021. El tiempo no sólo juega a la contra por la urgencia de recibir los fondos cuanto antes para empezar a acometer los proyectos de transformación, sino que también condiciona poder ir desbloqueando pagos a medida que se van ejecutando las distintas fases del proyecto. Todos deben estar finalizados y entregados “llaves en mano” antes de 2026 para poder recibir la totalidad de los fondos solicitados que hayan sido aprobados. Es decir, en el corto plazo no llegarán 70.000 millones sino 7.000 y, sobre la fecha inicialmente prevista, llegarán tarde.

Otro elemento a tener en cuenta es que el NGEU busca transformar la economía europea, no recuperar la actividad previa al estallido de la pandemia. Sólo se admitirán proyectos transformadores que encajen con las recomendaciones del Semestre Europeo para cada uno de los países. Estas recomendaciones se podrían resumir en cuatro:

1) “Tomar todas las medidas necesarias para abordar de manera efectiva la pandemia, sostener la economía y apoyar la recuperación posterior, así como garantizar la sostenibilidad de la deuda, al tiempo que mejorar la inversión”.

2) “Apoyar el empleo a través de acuerdos para preservar empleos; reforzar la protección contra el desempleo, mejorar la cobertura y la adecuación de los programas de ingresos mínimos y el apoyo familiar, así como el acceso al aprendizaje digital”.

3) “Garantizar la aplicación de medidas para proporcionar liquidez a las pequeñas y medianas empresas y a los autónomos, incluso evitando pagos atrasados. Centrar la inversión en la transición verde y digital, en particular en el fomento de la investigación y la innovación, la producción limpia y eficiente y el uso de la energía, la infraestructura energética, la gestión del agua y los residuos y el transporte sostenible”.

4) “Mejorar la coordinación entre los diferentes niveles de gobierno y fortalecer el marco de contratación pública para apoyar la recuperación de manera eficiente”.

Es decir, el Plan del Gobierno para el NGEU no puede ser una adaptación del Plan E que se impulsó en nuestro país con la anterior crisis económica. Ahora no es posible dedicar fondos a asfaltar carreteras, construir rotondas o poner césped en los campos de futbol municipales. Se trata de pensar más en inversión que en gasto. Las dos implican una transacción monetaria, pero no es lo mismo un gasto público que una inversión pública.

Además, nuestro país históricamente no ha sido de los mejores gestionando y ejecutando fondos europeos. En el anterior Marco Financiero Plurianual (2014-2020) España sólo se ejecutó el 34% de los fondos de que disponía. En el caso del NGEU los proyectos financiados deben estar ejecutados antes de finalizar 2026.

En referencia a la incidencia directa que los fondos puedan tener en la economía española las transferencias solicitadas con el Plan español representan aproximadamente el 6,2% del PIB de 2020. Eso sí, es necesario repartir este impacto hasta 2026, es decir aproximadamente un 1% del PIB de 2020. Con este cálculo no busco despreciar el papel del fondo, pero sí relativizar la euforia generalizada. El Next Generation EU puede ayudar a la transformación económica de nuestro país, pero no resolverá ninguna de las deficiencias estructurales y productivas que no sepamos resolver nosotros. En economía las expectativas juegan un papel fundamental para acelerar la realidad, ya sea para agudizar la crisis o para acelerar su salida. Conviene recordar esto para no generar unas falsas expectativas que acaben generando una frustración que se acabe volviendo contra la UE, generalizando posturas euroescépticas. Me atrevería a afirmar que si el NGEU sale bien se comunicará como un éxito de cada país (hay un plan para cada uno), en cambio si sale mal se culpará a Europa.

La respuesta a la crisis de la covid-19 ha supuesto un verdadero reto para la cohesión de la Unión Europea. A nivel económico el impacto ha sido superior al soportado por Estados Unidos o China; y a nivel sanitario, aunque inicialmente Estados Unidos sufriera un mayor impacto, Europa se ha visto rezagada en el proceso de vacunación. Mientras que en Estados Unidos se ha vacunado al 43% de la población, en la UE apenas se ha llegado al 25% [en el momento de escribir estas líneas]. El prestigio de las instituciones europeas está en juego.

Por parte del Gobierno, en el Plan remitido a Bruselas, se ha concretado una serie de inversiones en línea con las recomendaciones del Semestre europeo y el espíritu del Plan. No se ha bajado al detalle a la hora de afrontar las reformas estructurales del país, lo cual puede aventurar que poco se avanzará en este sentido y que la Comisión exigirá algún ajuste o mayor nivel de detalle en el plan español.

Si se compara la propuesta aprobada por España con las de Alemania, Francia e Italia, encontramos algunas diferencias. En el caso de Italia, por ejemplo, se ha hecho un importante énfasis en la educación y en la necesidad de cogobernanza de los fondos junto a la sociedad civil. Mientras que aquí la gestión se centraliza en la administración pública, hecho que ha levantado muchos comentarios de los socios europeos sobre la capacidad de España para poder absorber y gestionar eficientemente los fondos.

A día de hoy, en nuestro país aún no se ha realizado ninguna convocatoria real para presentar proyectos con cargo al fondo. Manuel de la Rocha, secretario general de Asuntos Económicos y G20 del Gobierno aseguró que “de aquí al verano” comenzarían a salir “convocatorias reales” vinculadas a estos fondos. Es decir, que aún no se ha abierto el plazo para presentar proyectos concretos, impacientando a las empresas y entidades que deben acabar liderando los proyectos.

La fecha en que se puedan desbloquear los fondos no está nada clara, pues aún faltan algunos países por ratificar la decisión de recursos propios de la UE –la ley que permite a la Comisión Europea pedir prestado para disponer de fondos– imprescindible para poner en marcha el NGEU.

Es más necesario que nunca ser objetivos con el fondo y la capacidad de nuestro país para absorber recursos, no generar falsas expectativas y no dejarse llevar por una euforia que no se sustente en datos reales y que puede desembocar en mayor frustración económica y social. Ojalá no sea así.

Albert Guivernau es Investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

 

TRIBUNA | Cuenta atrás para encontrar la ‘vacuna económica’

Leer Tribuna en Cinco Días.

El miércoles, la Comisión Europea, de la mano del vicepresidente ejecutivo para una Economía al Servicio de las Personas, Valdis Dombrovskis; del comisario de Economía, Paolo Gentiloni, y del comisario de Empleo y Derechos Sociales, Nicolas Schmit, presentó el paquete de recomendaciones del semestre europeo. Y, como suele ser habitual los últimos años, la economía española ocupó buena parte de las recomendaciones.

El semestre europeo es un espacio de coordinación de políticas económicas, presupuestarias, sociales y de empleo dentro de la Unión Europea. Forma parte del marco de gobernanza económica de la UE. Así pues, se trata de sugerir una serie de recomendaciones y medidas para cohesionar las economías de la UE, y en las que los Estados miembros trabajan especialmente durante los primeros meses del año, de ahí el nombre de semestre europeo.

De la economía española se habló mucho y se reconoció abiertamente que España está experimentando desequilibrios, una manera educada de referirse a la que probablemente acabe siendo la peor recesión de la Europa pos-Covid. La Comisión hace énfasis en las “vulnerabilidades” que sufre la economía española experimentando al mismo tiempo un elevado nivel de endeudamiento, que no se veía en España desde 1902; y una elevadísima tasa de de­sempleo, aún edulcorada por los ERTE, que no se prevé empiece a descender hasta el año que viene.

En nuestro caso, la casilla de salida de la crisis económica derivada del Covid es notablemente peor que el punto de partida de la crisis financiera. En 2008 la tasa de paro se movía alrededor del 8%; en 2020, alrededor del 14%; la deuda pública suponía un 40% del PIB, mientras que al inicio de la pandemia ya era del 100% del PIB, sin olvidar que España no recuperó el PIB nominal de 2008 hasta 2016 (ocho años después). Esto no hace más que aumentar la distancia entre España y los motores económicos de Europa.

A día de hoy, la deuda pública española ya ha alcanzado el 120% del PIB. Para frenar esta aceleración del endeudamiento la Comisión recomienda a todos los Estados poner especial atención en los gastos del funcionamiento ordinario de la Administración, concretamente solicitan “una política fiscal prudente” para poder acotar el incremento del gasto público. Debería preo­cuparnos no tanto el aumento del gasto público y el consiguiente endeudamiento, como la finalidad de ese incremento de gasto/endeudamiento, es decir, para qué nos endeudamos. Si fuera para mejorar la productividad, impulsar la creación de empleo o poner en marcha los cambios estructurales que la economía española necesita, no sería un problema. Pero me temo que buena parte de ese incremento de deuda tiene como fin mantener la Administración funcionando.

Una de las principales recomendaciones de Bruselas es que las ayudas procedentes del plan Next Generation EU financien inversiones adicionales que fomenten el crecimiento desde una perspectiva de transformación digital y ecológica, y afronten los principales problemas estructurales de la economía española. Estos problemas serían los derivados de la baja productividad, el elevado nivel de desempleo y el elevado peso del sector servicios. Seguirán ayudando a las finanzas públicas, pero advierten de la necesidad de no acomodarse en el déficit.

El semestre europeo confirma que la cláusula de escape general, que permite el incumplimiento de las reglas fiscales para combatir los efectos de la pandemia seguirá en vigor en 2022 y se desactive con la entrada de 2023. Se habla de “evitar una retirada prematura del apoyo y hacer un uso de la financiación del Fondo de Recuperación y Resiliencia”, apuntando que se analizará la retirada de medidas fiscales caso por caso. Es decir, quizá no será de golpe, pero en 2023 sí se iniciará el fin de la barra libre fiscal y los Estados deberán adoptar posiciones fiscalmente más sostenibles.

Si estuviera en vigor el Pacto de Estabilidad y Crecimiento solo tres países (Bulgaria, Dinamarca y Suecia) cumplirían las dos principales reglas: mantener el déficit por debajo del 3% y la deuda pública por debajo del 60%. Si solo se toma en referencia la deuda pública, 13 Estados rebasan el 60%: España, Bélgica, Alemania, Grecia, Francia, Croacia, Italia, Chipre, Hungría, Austria, Portugal, Eslovenia y Finlandia.

Según lo manifestado ayer en el marco del semestre europeo, a España le quedan 18 meses para encontrar una “vacuna económica”, una receta que le permita salir de la crisis sin los elevados costes con los que supuestamente se había salido de las anteriores. Y digo supuestamente porque como he explicado en párrafos anteriores, España afronta una crisis económica sin haber llegado a salir de la anterior. Estos costes los encontramos en un elevado nivel de desempleo –estructuralmente altísimo–, que lastra la recuperación económica por una caída de la demanda interna y lastra las finanzas públicas por una reducción de ingresos (principalmente por caída de IRPF) y un aumento de los gastos (principalmente por prestaciones). Además, un elevado nivel de desempleo provoca salarios bajos, poco consumo y mucha rotación laboral, cronificando la temporalidad y un mercado dual que impide que los que tienen trabajo tampoco consuman en exceso. Si a esto le añadimos el problema de las pensiones y las dificultades que se prevén para el sector turístico este verano (un 15% del PIB de nuestra economía), el panorama es desolador.

Si la capacidad de endeudamiento público no se ha visto alterada notablemente ha sido por el papel del BCE y su política monetaria y sus compras masivas de activos, que han engrosado el balance del BCE hasta más de un 60% del PIB de la eurozona. Tenemos año y medio por delante para poner las bases de una economía capaz de sobrevivir sin el “lo que haga falta” de Fráncfort.

Albert Guivernau es Investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

 

TRIBUNA | ¿Un tipo impositivo único para el Impuesto de Sociedades en Europa?

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Esta semana se ha puesto sobre la mesa lo que podría ser uno de los mayores avances en integración fiscal europea desde el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria, más conocido como Pacto Fiscal Europeo, o la emisión de deuda común en la UE que implica el Plan Next Generation EU. Se ha puesto sobre la mesa la adopción de un impuesto de sociedades común en la Unión.

La propuesta ha visto la luz con la presentación de un informe por parte del Observatorio de Fiscalidad de la UE, un nuevo centro de investigación financiado por la UE y dirigido por el economista francés Gabriel Zucman que fue presentado este martes en la Comisión Europea junto con las recomendaciones de primavera del Semestre Europeo.

Este observatorio se une al debate sobre el tipo mínimo impositivo en sociedades que está pilotando la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que defiende que los países de la UE podrían recaudar hasta 50.000 millones más con un tipo mínimo del 15% para las multinacionales. Este aumento de recaudación, según la OCDE, se dispararía hasta los 100.000 millones en el caso de un tipo mínimo efectivo del 21% y hasta 170.000 en el caso de que este tipo fuera del 25%.

Según el informe del Observatorio España podría aumentar su recaudación en 12.400 millones de euros anuales, un 43,7% más que ahora, si se acuerda un tipo global del 25%, aumento de recaudación que se reduciría a 5.400 millones con el 21% y a sólo 700 con el 15%, el tipo que defiende EE.UU en la OCDE.

El objetivo de este tipo mínimo en el impuesto de sociedades es que aumente la tributación efectiva de las grandes multinacionales. Con la medida se busca establecer un mínimo global para evitar incentivos para trasladar sus beneficios a jurisdicciones con tipos muy bajos, como Irlanda, Luxemburgo o Países Bajos en la UE, o a paraísos fiscales. Al mismo tiempo que se debate como asignar los beneficios para que las empresas tributen dónde operan, aunque no tengan presencia física en ese territorio.

Este posible acuerdo supondría un avance importante en lo que refiere a ingresos tributarios a nivel europeo y, sin duda, abriría un nuevo marco fiscal en la UE, que rápidamente podría generar debate sobre otras figuras tributarias.

El tipo impositivo por el que apuesta el informe sería el de 25%, mientras que la administración Biden prefiere un tipo mínimo del 15%. Se trata de una aproximación a la medida, cuyo éxito dependerá del nivel de adopción por parte de los países. Lo ideal sería que hubiera un acuerdo global o, en su defecto, un acuerdo en el seno de la UE, aunque con un elevado riesgo de comportamientos oportunistas por terceros países. El escenario en el que la medida sería un fracaso es el que contempla que sólo unos pocos países dieran el paso. En ese caso los incentivos para estar fuera del marco del acuerdo serían demasiado fuertes, perjudicando de forma notable a los firmantes.

En el análisis por sectores, uno de los principales afectados sería el bancario, ya que acabarían pagando un 42 % más de lo que lo hacen ahora. El conjunto de multinacionales de la UE acabaría abonando cerca de un 50% en la factura del impuesto de sociedades. Los autores del informe apuntan que para los estados de la UE existe un mayor potencial de ingresos aumentando los impuestos a las empresas de la UE que gravando a las extracomunitarias.

En el año 2020 los ingresos por el IS cayeron un 33,2% sobre 2019, situándose en los 15.858 millones, la cifra más baja desde 1999. Y el tipo efectivo en el IS se situó en el 8,3%, lejos del 25% de tipo que fija nuestra legislación, o del 15% para las empresas de nueva creación. Así pues podemos observar el papel que pueden jugar bonificaciones, deducciones y compensación de pérdidas de ejercicios anteriores. El éxito de la propuesta dependerá del número y estructura de los países que lo adoptan. Si no existe un gran consenso, países emergentes pueden aprovechar y aumentar su ventaja, sumando la fiscalidad a su mayor productividad.

Si nos fijamos en cómo evolucionó el peso relativo del PIB mundial desde el inicio de la crisis financiera 10 años después de la caída de Lehman Brothers nos encontramos que los BRICS pasaron de aportar un 11,6% del PIB en 2007 a un 22,78% en 2016. EE.UU pasó el 26,9% al 24,5%. La UE fue la gran damnificada de esa crisis, pasando del 29,8% en 2007 al 21,7% en 2016. Durante este periodo se produjo el ‘sorpasso’ de la economía estadounidense sobre la de la UE; y los BRICS se beneficiaron de la pérdida de peso económico relativo de EEUU y -en mayor medida- de la UE.

La medida propuesta por el Observatorio de Fiscalidad de la UE resulta innovadora, pero no podemos olvidar que la economía-aún más tras la pandemia- es global, y tanto el capital como la producción pueden migrar a países externos al eje tradicional EEUU-UE.

Albert Guivernau es Investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

 

TRIBUNA | «El largo camino del Next Generation EU»

Leer Tribuna en El Economista.

El gobierno aprobó este martes el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, por el que España puede llegar a absorber hasta 70.000 millones de euros en ayudas, que podrían doblarse en caso de solicitar mayores fondos, esta vez vía préstamo, aunque con condiciones muy ventajosas. Y lo ha hecho al mismo tiempo que Alemania, Francia e Italia.

Un primer hecho relevante que no suele tenerse en cuenta es que para España, a día de hoy, el Next Generation EU supone sólo 70.000 millones de euros reales hasta 2023, y no los 140.000 que parecen haberse instalado en la opinión pública, ya que el Gobierno sólo ha solicitado la parte del Plan correspondiente a las transferencias, optando –de momento- a renunciar a los préstamos.

Otro factor a tener en cuenta es el tiempo. Estaba previsto que los primeros fondos -un 10% de los 70.000 millones- se liberaran este verano, pero la lentitud en el procedimiento hace pensar que no llegarán hasta otoño. El tiempo no sólo juega a la contra a la hora de recibir los fondos, sino que también condiciona poder ir desbloqueando pagos a medida que se van ejecutando los proyectos. Todos deben estar finalizados antes de 2026 para poder recibir la totalidad de los fondos. Es decir, de forma inmediata no llegarán 70.000, llegarán 7.000 y llegarán tarde.

Dónde sí supone un verdadero avance el Plan es en lo referente a la mutualización de la deuda generada por el Plan, siendo titular la Comisión, y que ha permitido doblar el volumen del Marco Financiero Plurianual. Un paso importante para el impulso de la integración fiscal europea.

En referencia a la incidencia que los Fondos puedan tener en la economía española las transferencias representan aproximadamente el 6,2% del PIB de 2020. Eso sí, repartidas hasta 2026, es decir aproximadamente un 1% del PIB de 2020 anualmente. Con este cálculo no pretendo despreciar el papel del Fondo, pero sí relativizar la euforia generalizada. El Next Generation EU puede ayudar a la transformación económica, pero no resolverá ninguno de los problemas estructurales que no sepamos resolver solos. Conviene recordar esto para que la frustración no se acabe volviendo contra la UE, generalizando posturas euroescépticas.

La respuesta a la Crisis de la Covid-19 supone un verdadero reto para la cohesión de la Unión Europea. A nivel económico, el impacto ha sido superior al soportado por EEUU o China; y a nivel sanitario, aunque inicialmente EEUU sufriera un mayor impacto, Europa se ha visto rezagada (a veces ninguneada) en el proceso de vacunación. Mientras que en EEUU se ha vacunado al 43% de la población, en la UE apenas se ha llegado al 25%. La credibilidad de las instituciones europeas está en juego.

Por parte del Gobierno se ha concretado una serie de inversiones en línea con las recomendaciones del Semestre europeo y el espíritu del Plan, orientado a transformar la economía y no a recuperar lo que había antes de la pandemia. No se ha bajado al detalle a la hora de afrontar las reformas estructurales del país, lo cual puede aventurar que poco se avanzará en este sentido.

Si comparamos la propuesta aprobada por España por las de Alemania, Francia e Italia, encontramos algunas diferencias. En el caso de Italia, por ejemplo, se hace un importante énfasis en la Educación y en la necesidad de co-gobernanza de los fondos junto a la sociedad civil. Mientras que aquí la gestión se centraliza en la administración pública.

Actualmente, aún no se ha realizado ninguna convocatoria real para presentar proyectos con cargo al Fondo. Manuel de la Rocha, secretario general de Asuntos Económicos y G20 del Gobierno aseguró que «de aquí al verano» comenzarían a salir «convocatorias reales» vinculadas a estos fondos. Es decir, que aún no se ha abierto el plazo para presentar proyectos concretos.

A día de hoy la fecha en la que se puedan desbloquear los fondos no está nada clara, pues aún faltan 10 países por ratificar la decisión de recursos propios de la UE – la ley que permite a la Comisión Europea pedir prestado para disponer de fondos. Este paso es imprescindible para poner en marcha el Plan de recuperación y requiere de unanimidad. Si uno sólo de los 27 no aprueba esta decisión en sus parlamentos nacionales, el Next Generation no puede avanzar.

Albert Guivernau es Investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS) de la Universitat Abat Oliba CEU.

¿Sabremos aprovechar los fondos europeos?

Leer artículo en Catalunya Press

La crisis derivada de la Covid-19 ha provocado la mayor crisis de la economía española del último siglo, sólo equiparable a la destrucción de actividad económica provocada por la guerra civil. En 2020 el PIB de la economía española cayó un 11%, la mayor caída desde 1936 cuando la guerra civil contrajo la economía un 26,8%. Los niveles de deuda pública también se han disparado hasta el 117,1% del PIB, cifra no alcanzada desde 1902. Si bien es cierto que en 2021 se prevé una fuerte recuperación es posible que se tarde varios años en recuperar los valores pre Covid-19. A modo de ejemplo, España no recuperó su PIB nominal de 2008, cuando estalló la crisis financiera, hasta 2016, ocho años después. Y ahora la caída de la economía ha resultado cuatro veces superior a la de entonces.

Para hacer frente a esta situación, se ha articulado una amplia reacción de la política económica tanto en el ámbito nacional como supranacional, en especial desde las instituciones europeas, y que afecta a la política fiscal, la monetaria y la financiera. El pasado 17 de diciembre de aprobó el nuevo Marco Financiero Plurianual (MFP) –el presupuesto a largo plazo de la UE-, y la creación del instrumento de recuperación de emergencia Next Generation EU (NGEU).

El NGEU es un nuevo instrumento de carácter temporal y complementario al presupuesto europeo, que pretende reactivar la economía, pero sobretodo empujarla hacia la digitalización y la transición ecológica. Es decir, no trata de recuperar la economía de antes de la pandemia sino de transformarla. Está dotado de un importe potencialmente disponible de hasta 750.000 millones de euros, cuyos desembolsos se harán en forma de transferencias directas (hasta 312.500 millones) y préstamos (hasta 360.000 millones). El plan puede llegar hasta esos 750.000 millones pero dependerá de muchos factores, entre ellos la capacidad de los países para presentar proyectos transformadores interesantes y ejecutarlos en tiempo. El 90% de recursos de este fondo van destinados al Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (MRR), creado para apoyar a las inversiones y reformas estructurales en los estados miembros.

La coletilla “potencialmente disponibles” también guarda relación con el mecanismo por el cual la Comisión Europea pretende obtener los fondos, ya que el NGEU será financiado a través de la emisión de deuda común en los mercados financieros, convirtiéndose en uno de los mayores avances en integración fiscal europea.

Del NGEU España tendrá potencialmente disponibles hasta 140.000 millones de euros entre transferencias directas y préstamos, el segundo país que más reciba después de Italia, cuyo plazo de ejecución será de 4 años en el caso de las reformas y 6 años en el caso de las inversiones. De momento el Gobierno sólo optará a los fondos que le tocan vía transferencias directas, más de 77.000 millones.

El proyecto del Gobierno para hacer uso de esos recursos se encuentra en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, presentado hace unos días por el presidente Pedro Sánchez, y que abarca el período 2021-2026. El plan se divide en cuatro ejes: transición ecológica, digitalización, igualdad de género, cohesión social y territorial; y 10 políticas “palanca”. De los cuatro ejes prácticamente el 70% de los fondos se destinarán a los dos primeros: transición ecológica y digitalización. Sin embargo, el inicio de los desembolsos del fondo está sujeto a la aprobación del Plan español por parte de la Comisión Europea, que lo evaluará en base a diferentes criterios, entre los cuales destaca que el plan propuesto mantenga una coherencia con las recomendaciones específicas por país del Semestre Europeo, además de analizar su impacto en el crecimiento económico y la creación de empleo, y su contribución a la transición ecológica y digital. Es decir, la disponibilidad de los fondos está sujeta a condicionalidad y la Comisión sólo adelantará el 10% de los fondos y sólo abonará el resto en función del grado de cumplimiento de los objetivos fijados.

Uno de los principales conflictos referentes al plan presentado por España hace referencia a la gestión de los fondos. El Consejo de Estado elaboró un informe en el que incidía en la necesidad de reforzar el control sobre los fondos y que no se sacrificara parte del proceso de control previo en aras de la urgencia. En el ámbito internacional la duda surge sobre la capacidad del Gobierno para presentar proyectos transformadores y que sea el Gobierno quién determine los proyectos más adecuados y no un organismo independiente con un perfil más técnico. Es inevitable la comparación con Italia, dónde las grandes líneas de los proyectos se elaboraron bajo el impulso de Vittorio Colao, ex director ejecutivo de Vodafone, o el de Grecia, donde lo hicieron con Cristóbal Pissarides, premio Nobel de Economía. En el caso de España, si bien el Estado coordinará la ejecución de las inversiones, buena parte del trabajo recaerá directamente en las CCAA.

Estos fondos suponen para España una oportunidad única, sólo comparable al impulso que vivió nuestro país con los Fondos de Cohesión y Desarrollo, cuyo éxito dependerá de la iniciativa público-privada y la capacidad de ejecución. Aunque aparejados a estas oportunidades aparecen algunos riesgos.

El primero hace referencia a la capacidad de ejecución de los fondos, que han de estar ejecutados en su totalidad antes de 2026. A modo de referencia, del anterior MFP (2014-2020) España sólo ejecutó el 34% de los Fondos a los que pudo tener acceso. Por lo tanto, existen dudas reales sobre la capacidad de las administraciones para gastar tanto dinero, de forma eficiente y en un período de tiempo tan reducido. En este sentido cobran importancia los Proyectos Estratégicos para la Recuperación y Transformación Económica, o “PERTE” como nueva figura de colaboración público-privada.

El segundo riesgo hace referencia a la idoneidad de los proyectos en qué se inviertan las ayudas. En el proyecto presentado por el Gobierno el 7,1% de los fondos se destinarán a inversiones directas y el 72,6% a transferencias de capital. Por ámbitos temáticos, más del 50% del total de fondos se dedicarían a ayudas a la inversión en la industria y en el sector energético, infraestructuras e investigación, desarrollo e innovación. Es decir, que gran parte de los fondos se convertirán en pago de inversión en el sector privado a través de transferencias de capital. Aquí las administraciones pueden verse en dificultades para evaluar y elegir los mejores proyectos. La competencia entre proyectos, la selección fundamentada en criterios objetivos y aplicar criterios de eficiencia debe ser un imperativo.

Y el tercero, que es la capacidad para demostrar que efectivamente los proyectos presentados ponen énfasis en afrontar los retos que expone el Semestre Europeo y también que la manera propuesta es la mejor para lograr los objetivos. Básicamente, justificar que las inversiones y reformas están orientados a fortalecer el sistema sanitario, mejorar el funcionamiento del mercado de trabajo, facilitar liquidez a las PYMEs, promover la inversión, reforzar la investigación, reducir la desigualdad y reformas regulatorias, que son los ámbitos que apuntó el Semestre Europeo. Es decir, que los fondos podrían ayudar a que nuestro país acometa algunas de las reformas estructurales pendientes.

Cabe destacar que el Next Generation EU es un elemento más de la respuesta europea a la crisis generada por la Covid-19, pero no el único. Relevante ha sido el papel del BCE con sus programas de compra masiva de activos y la provisión de financiación a largo plazo para entidades financieras, que ha permitido que nuestro país pueda financiarse a tipos de interés muy bajos. Por otro lado, el Eurogrupo creó la triple red de seguridad (para trabajadores, empresas y deuda soberana), incluyendo la creación del SURE para financiar los ERTE, con 100.000 millones de euros, el Fondo de Garantía del BEI, dotado con 200.000 millones de euros, para facilitar el crédito al sector privado, y una nueva línea del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), dotada con 240.000 millones de euros.

Albert Guivernau es Profesor de Economía de la Universitat Abat Oliba CEU y miembro de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS).

Diálogo «Negociación, acuerdo y oportunidad del Plan Next Generation EU»

El próximo martes 9 de Febrero a las 12h, desde el equipo de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS), hemos organizado un Diálogo bajo el título «Negociación, acuerdo y oportunidad del Plan Next Generation EU», en el que participarán Luis Garicano, vicepresidente de Renew Europe en el Parlamento Europeo; y Pablo R. Suanzes, corresponsal de El Mundo en Bruselas.

El acto lo introducirá el Dr. Juan Corona, rector honorario de la UAO y director de la cátedra; y lo moderará Albert Guivernau, profesor de economía de la UAO y miembro de la cátedra.

El acto se podrá seguir en directo a través del Canal de Youtube.

Reactivar la responsabilidad

Leer artículo en The Diplomat in Spain

Es frecuente oír hablar de los fondos del Plan Next Generation EU como uno de los principales motores de la reactivación económica de la UE tras la pandemia, especialmente en España. Se trata de unos fondos extraordinarios fruto de un acuerdo histórico que ha propiciado ampliar el presupuesto de la Comisión hasta valores cercanos al 2% del PIB europeo y, por primera vez, emitir deuda común. Pero ¿nos van a permitir salir de la crisis económica derivada de la Covid-19? La respuesta es no, o como mínimo no del todo.

La responsabilidad de reactivar la economía es de los propios estados, que son los que disponen de los instrumentos de política fiscal –impuestos, gasto público y transferencias- para incidir en la actividad económica, cuya medida más estandarizada es la tasa de crecimiento del PIB. Lo recuerda tanto la Comisión, cada vez que se le brinda la oportunidad, como el BCE, que insiste a los estados en que gasten todo lo necesario, que Frankfurt siempre estará ahí para ayudarles a financiarse con una política monetaria expansiva cuya duración parece no tener fin. El éxito o no en la recuperación tras la crisis de cada estado dependerá casi en exclusiva de su política económica y su estructura productiva, no de los fondos Next Generation EU, que por otro lado tardaremos en recibir.

El Plan Next Generation EU no busca una recuperación de la economía para situarla en los valores previos a la pandemia, sino la transformación de esas economías. Los principales ejes de actuación serán la investigación y el desarrollo, la transformación digital, la lucha contra el cambio climático o la modernización de políticas tradicionales. Este enfoque dista mucho del Plan E con el que se trató de afrontar en España la crisis financiera de 2008, cuando el único objetivo era gastar, sin importar mucho en qué. Con el Plan propuesto por la Comisión se obliga a los estados a presentar proyectos concretos de transformación económica –ya no valen grandes infraestructuras, polideportivos o carreteras-, y aquí nuestro país deja mucho que desear, más después de haberse conocido que durante los últimos 10 años únicamente se ha aprovechado, por falta de proyectos, poco más del 30% de fondos estructurales a los que se tenía derecho.

Mientras que las previsiones de la primera llegada de los fondos Next Generation EU –un 10% de los 140.000 millones potencialmente disponibles para España- está prevista para este verano, más de un año después del acuerdo para la creación del Plan, el BCE está actuando de forma ágil y contundente para facilitar liquidez a los estados. En la última reunión del consejo de gobierno del BCE se amplió en 500.000 millones de euros más su programa de compra de activos, alcanzando los 1,85 billones de euros, con un compromiso de mantener los estímulos el tiempo que fuera necesario. Esta política monetaria está permitiendo que los estados se financien a tipos muy bajos (incluso negativos), beneficiando a países que de lo contrario serían penalizados por los mercados, como España, Italia o Francia. El lado oscuro de este programa de compras es el aumento del balance del BCE hasta los 7 billones de euros, el 62% del PIB de la eurozona, así como la generación de incentivos perversos a la hora de endeudarse.

En el caso de España el problema no es la capacidad para endeudarse, que es buena, sino para qué se endeuda. La ratio deuda pública sobre PIB, la más utilizada a la hora de comparar, arroja un valor cuantitativo, mientras el diferencial entre las previsiones de recuperación económica de los diferentes países de la UE se debe a elementos cualitativos. No importa tanto endeudarse sino para qué: si la deuda es para modernizar la economía, generar más y mejores puestos de trabajo o impulsar la transformación de la estructura productiva, se podría considerar una inversión. Mientras que si la deuda se utiliza para pagar sueldos públicos, ERTEs o subsidios, este endeudamiento se enquistaría. Las dos opciones implican un igual desembolso de fondos públicos, pero no son lo mismo.

En resumen, los fondos Next Generation EU pueden ayudar, aunque lleguen tarde, pero no serán “el motor” de la reactivación económica, como se pretende hacer ver desde muchas instituciones. El BCE está ayudando a contener el impacto económico de forma rápida y ágil, como la situación lo requiere, convirtiéndose en verdadero héroe de esta recesión. En el caso de España, como en el resto de estados miembros, la capacidad de salir de la crisis dependerá de su política económica, no tanto del papel de los fondos europeos, que por su lado buscan una transformación de la economía, no volver a reconstruir lo que había antes. Esta crisis puede que sea la última que afronte la eurozona sin avanzar en su integración fiscal. Una vez más, veremos a EEUU, con una política fiscal y monetaria coordinada, salir antes de la crisis que el conjunto de la eurozona.

Albert Guivernau es Profesor de Economía de la Universitat Abat Oliba CEU y miembro de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS).

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