Hay profesores que enseñan una asignatura y hay profesores que, de alguna manera, terminan enseñándote una profesión.
Albert Maruny era de estos últimos.
Cuando pienso en Albert me resulta difícil separar al profesor del profesional, al compañero del experto en protocolo, porque todas esas facetas convivían en una misma persona, además de muchas otras. Lo conocí primero siendo su alumno, después tuve la oportunidad de compartir con él algunos pequeños proyectos y el claustro de profesores de comunicación de la CEU UAO y, durante los últimos años, desde la faceta de la dirección de estudios y de departamento. Para mí, hablar de Albert es también hablar de una parte de la historia de la comunicación, las relaciones públicas y el protocolo en nuestra universidad y fuera de ella.
Pero, sobre todo, es hablar de una persona que entendía la docencia de una manera muy particular y necesaria.
Un profesor que hacía de la experiencia una forma de enseñar
Cuando fui alumno suyo descubrí a uno de esos profesores que parecían tener algo que no podía encontrarse en un manual, me refiero a una dilatada experiencia. Era alguien que transpiraba conocimiento y que hacía del aula un lugar especial, pues Albert nunca dejaba indiferente.
Maruny enseñaba protocolo, comunicación, relaciones públicas y dirección de eventos, pero también una manera muy personal de entender la profesión. Sabía cómo funcionaba, conocía sus códigos, había vivido sus dificultades y, sobre todo, sabía transmitirlo. Tenía, además, una cualidad que considero fundamental en un profesor: sabía despertar interés y respeto sin necesidad de imponerse. Podía ser exigente, a veces visceral, defender con firmeza y pasión una determinada manera de hacer las cosas y detenerse en detalles que quizá otros hubieran pasado por alto. Pero detrás de esa exigencia siempre había la de que el estudiante aprendiera y que, cuando saliera de la universidad, estuviera más preparado para enfrentarse a la profesión y al mercado laboral.
Albert entendía que la comunicación no podía aprenderse únicamente desde los libros. Había que hacerla, que organizar, que equivocarse, que resolver problemas. Había que hablar con profesionales, con medios, con clientes y con compañeros. Y, sobre todo, había que aprender a asumir responsabilidades.
Esa manera de entender la enseñanza estuvo presente durante toda su trayectoria.
Una vida vinculada a la comunicación
Albert fue mucho más que un profesor de nuestra universidad. Su trayectoria profesional estuvo estrechamente vinculada al mundo de la comunicación, las relaciones públicas, el protocolo y la organización de eventos. Fue director de la Escuela Internacional de Protocolo de Barcelona y estuvo también al frente de Ideatik, desde donde desarrolló una amplia actividad profesional.
Esa doble condición de profesional y docente era una de sus grandes fortalezas ya que Albert explicaba una profesión que había vivido desde dentro y desde muy joven. Y eso se notaba.
Se notaba cuando hablaba de protocolo, cuando analizaba cómo debía plantearse un evento, cuando explicaba la relación con los medios o cuando discutía sobre la mejor manera de resolver un problema.
En sus clases había siempre algo de la profesión real.
Quizá por eso consiguió algo que no es fácil: que muchos estudiantes entendieran que la comunicación no consiste únicamente en tener buenas ideas. También consiste en saber ejecutarlas, anticiparse a los problemas, cuidar los detalles y asumir que, cuando llega el momento de la verdad, alguien tiene que hacerse responsable de que todo funcione.
Los alumnos, siempre presentes
Otro aspecto que define a Albert es su relación con los estudiantes. Los estudiantes eran una parte esencial de su manera de entender la universidad. No los veía únicamente como personas a las que había que transmitir unos conocimientos, también los veía como futuros profesionales a los que había que dar oportunidades para aprender haciendo.
Y aquí es inevitable hablar de los GoliADs CEU UAO Awards.
Pero los GoliADs son mucho más que una gala de premios. Son una de las mejores expresiones de la filosofía docente de Albert y de Xavi Casado, sus creadores e impulsores.
Desde que comenzaron su andadura en 2007 y hasta la actualidad, los GoliADs fueron creciendo hasta convertirse en una de las grandes señas de identidad de los estudios de Publicidad y Relaciones Públicas de la UAO CEU. Veinte ediciones después, resulta difícil pensar en nuestra universidad sin pensar también en ellos.
Pero lo verdaderamente importante no está en la gala, ni en los premios, ni siquiera en los profesionales que han pasado por ella. Está en los estudiantes.
En todos aquellos alumnos que tuvieron que organizar un evento real, trabajar en equipo, enfrentarse a imprevistos, hablar con profesionales, tomar decisiones y descubrir que una cosa es estudiar comunicación y otra muy diferente tener que hacerla.
Albert sabía que esa experiencia podía enseñar en unas semanas lo que muchas veces cuesta meses aprender en un aula.
Y, además, tenía algo que no siempre tenemos los profesores: sabía dejar espacio. Espacio para que los alumnos se equivocaran, para que propusieran, para que tomaran decisiones y para que descubrieran por sí mismos de qué eran capaces.
Por eso los GoliADs han dejado una huella tan profunda en tantas generaciones.
Y por eso también Albert fue un profesor muy recordado y admirado.

Un compañero muy querido
La universidad tiene también esa peculiaridad de convertir con el tiempo a quienes fueron tus profesores en compañeros.
Eso me ocurrió con Albert.
Y compartir claustro con alguien que primero había sido tu profesor es una experiencia particular. Con el tiempo desaparecen las distancias del aula y aparecen otras cosas: proyectos compartidos, reuniones, conversaciones, problemas que resolver juntos, momentos buenos y otros no tan buenos. Y también muchas conversaciones.
Albert era de esas personas con las que podías hablar durante mucho tiempo sobre la profesión, sobre la universidad, sobre los estudiantes o sobre cualquier proyecto que tuviéramos entre manos.
Tenía una personalidad muy marcada y unas convicciones muy claras. Pero también tenía una enorme generosidad. Y esa generosidad es, probablemente, una de las cosas que más están recordando estos días quienes tuvieron la suerte de conocerlo.
Y no hablo solamente de sus compañeros, también sus antiguos alumnos.
Lo que deja un maestro
Albert recibió el reconocimiento de sus estudiantes y de la universidad a lo largo de su trayectoria, entre ellos el Premio Ángel Herrera a la Mejor Labor Docente.
Pero creo que hay reconocimientos que no aparecen en ningún premio. Son los que se producen cuando un antiguo alumno recuerda a un profesor muchos años después. Cuando alguien que pasó por sus aulas vuelve para contarle que aquello que aprendió le sirvió. Cuando un estudiante recuerda una conversación, una exigencia, un consejo o simplemente una manera de entender la profesión.
Ese es el verdadero legado de un profesor.
Y Albert deja mucho.
Deja alumnos que hoy son profesionales de la comunicación, las RRPP, la publicidad y, como decía él, del «mundo evento».
Deja compañeros que aprendimos de él. Deja proyectos que siguen formando parte de nuestra universidad y que intentaremos mantener vivos.
Deja una manera de entender la enseñanza basada en la experiencia y en la confianza en los estudiantes.
Y deja, también, una parte importante de la historia de nuestros estudios de Publicidad y Relaciones Públicas.
Gracias, Albert
Cuando se marcha alguien que ha formado parte durante tantos años de una comunidad universitaria, no decimos adiós únicamente a una persona. También desaparece una voz de los pasillos, una conversación, una opinión en una reunión, una manera determinada de hacer las cosas.
Y, al mismo tiempo, queda todo aquello que esa persona ha ayudado a construir. No obstante, es responsabilidad nuestra mantener vivo el recuerdo de quienes ya no están y convertir el dolor por la pérdida y el duelo en una sonrisa recordando todo lo vivido y todo lo que queda de esa persona.
En el caso de Albert, queda mucho.
Quedan sus alumnos.
Quedan sus compañeros.
Quedan sus proyectos.
Queda su manera de entender la comunicación.
Queda su pasión por el protocolo y los eventos.
Quedan los GoliADs y, sobre todo, quedan las muchas generaciones de estudiantes que los hicieron posibles junto a él.
Y queda algo todavía más difícil de medir: la huella que deja un buen profesor en las personas a las que ha acompañado.
Por eso, más que despedir a un profesor, hoy despedimos a un maestro y a una gran persona.
Gracias, Albert, por todo lo que enseñaste, por todo lo que construiste y, sobre todo, por todas las personas a las que ayudaste a crecer personal y laboralmente.
Tu huella permanecerá en nuestra universidad y, especialmente, en quienes tuvimos la suerte de compartir contigo una parte de este camino.
Alfonso Freire Sánchez.
