“Emprender para mí es convertir mi sueño en una realidad” apunta un estudiante, y añade: “no quiero ser parte de un puzle. Quiero hacer yo el puzle”. “Convertir una gran idea en una empresa, aportando algo relevante a la sociedad”, dice otro. Así es como algunos de mis estudiantes universitarios definen la emprendeduría. “Tengo iniciativa y creo en mí. Quiero demostrar lo que puedo llegar a hacer”.
Los estudiantes no deben y no pueden descartar el auto empleo como una de las opciones de su futuro. Lejos de verlo como una opción gris en un mundo de expectativas inciertas, debería tomarse como una opción apasionante llena de futuro, como un reto, como una aventura de vida, como la posibilidad más real para cumplir un sueño, el de crear una empresa propia.
¿Qué puede hacer la universidad para fomentar la emprendeduría? Históricamente, la universidad se ha implicado en grados muy diversos. Desde no hacer nada, pasando por tímidos impulsos, hasta comprometerse decididamente, lo cual es cada vez más usual.
En primer lugar es indispensable comenzar creando una mentalidad emprendedora. El emprendedor nace pero también se hace. En un país donde la mayoría de los jóvenes desea ser funcionario o trabajar en un banco, despertar esta inquietud por emprender resulta primordial.
En segundo lugar, la universidad puede formar emprendedores. Al fin y al cabo, la labor de la universidad es formar. Para realizar esta función, es necesario dotar a los potenciales estudiantes con los conocimientos y las habilidades necesarias para poder crear una empresa y hacerla crecer: crear un balance, llevar la contabilidad y diseñar un plan marketing con recursos mínimos, pero también presentar ideas, negociar y liderar la estrategia para llevar a cabo la aventura de su vida.
Pero además, existe un paso más que la universidad puede dar y que supone un auténtico compromiso y una apuesta firme por la emprendeduría: detectar los proyectos empresariales que surgen desde las aulas y asignar un coach que acompañe a los potenciales emprendedores en el turbulento camino.
Para poder llevar a cabo todas estas acciones es necesario contar en la universidad con personal capacitado, pero también con el tiempo necesario para dedicar muchas horas al acompañamiento de los futuros emprendedores. Las ideas son semillas delicadas, que si no se abonan, cuidan y protegen, pueden perder fuelle y quedarse en eso, en bonitas ideas.
Las empresas son como las personas: nacen, crecen, se desarrollan y (en ocasiones) mueren. Estimulemos desde la universidad los nacimientos de empresas capaces de crecer fuertes, de crear empleo duradero, empresas de carácter global desde sus comienzos. Tal como señala otro estudiante con las ideas bien claras y el convencimiento de su juventud, “emprender es la habilidad de detectar una oportunidad y convertirla en un negocio”.
