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El dominio razonable de la ortografía para el maestro

Dominar el arte de escribir y saber resolver dudas lingüísticas con rapidez y eficacia son aptitudes con las que un educador transmitirá su amor por el trabajo bien hecho.

Un dominio razonable de la ortografía es como una buena presencia personal o unos buenos modales en la mesa: nos proporciona credibilidad, confianza y capacidad comunicativa. Asimismo, la falta de soltura en el manejo de las haches, las comas o las tildes nos resta poder no solo para transmitir nuestros propios mensajes sino para calibrar el alcance y las implicaciones ocultas de los que recibimos.

Estos factores se multiplican positiva o negativamente en el quehacer propio de cualquier educador y, muy especialmente, en el de un maestro. Un maestro que domina el arte de escribir, que sabe el modo de resolver con rapidez y eficacia las dudas lingüísticas con que se encuentra, que se siente consolidado en un edificio que construye diariamente con sus palabras habladas y escritas… ese es un maestro que transmitirá amor por el trabajo bien hecho, respeto por el esfuerzo humilde en pos de un perfeccionamiento sensato, aprecio hacia la comunidad lingüística en que se encuadra el discurso personal.

Sin embargo, un maestro que escribe mal sin saberlo es como el que enseña a disparar con una escopeta de feria pensando que tiene en sus manos un Kalashnikov. El primer afectado es el alumno, pero el segundo es el centro escolar: pocas cosas hay tan decepcionantes y desalentadoras para unos padres que descubrir faltas de ortografía en los comunicados dirigidos a ellos por el tutor de sus hijos. Con razón afirmaba un especialista en comercio digital que los errores ortográficos en su página web pueden costarle a una empresa unas pérdidas abrumadoras.

En el caso de los maestros, las pérdidas son en primer lugar para sus alumnos y, a largo plazo, para toda la sociedad, que sufre un deterioro irreparable en términos de confianza social, capacidad comunicativa y credibilidad.

Es cierto que hay quien llega a presidente del gobierno escribiendo cuatro puntos suspensivos como también hay quien vende póstumamente cuadros millonarios mientras en vida se dedicaba a cortarse la oreja. También hay rectores que escriben “vamos haver qué pasa con el 3+2”: aliquando dormitat Homerus.

No se trata de rasgarse las vestiduras hipócritamente. No todo el contenido de cualquier mensaje queda invalidado por contener una falta ortográfica. Más aún, bien utilizada puede ser una estrategia de promoción de marca. Del mismo modo, un buen maestro es capaz de romper a sabiendas una norma lingüística precisamente con una función pedagógica. Por ejemplo, para llamar la atención sobre lo ridículo de ciertas lagunas no solo ortográficas sino también gramaticales o léxicas. Es una buena oportunidad para enseñar deleitando.

Herramientas informáticas tan frecuentes como los correctores electrónicos, traductores automáticos o funciones del tipo ‘autocompletar’ han de utilizarse como lo que son: herramientas. Del mismo modo que, tras atropellar a un peatón, no parece que debamos echarle la culpa al GPS, tampoco deberíamos escudarnos en el consabido mantra “el word no me lo corrigió”, tan estimado por los analfabetos funcionales.

De ahí la importancia del maestro como modelo no sólo en el conocimiento y aplicación de las reglas ortográficas sino como guía -en un mundo complejo y cambiante- en el uso de aquellas herramientas a las que se supone a nuestro servicio, no a la inversa. Es maestro en general el que tiene maestría, el que domina una determinada arte. Y por eso mismo es capaz de transmitirla. El que domina no se deja arrastrar por las realidades instrumentales como si estuvieran ahí fuera para subyugarle sino que, al contrario, las controla y las somete para que se pongan a su servicio. El maestro que domina razonablemente la ortografía será mucho más capaz de transmitir con naturalidad a sus alumnos dicho dominio y, de ese modo, capacitarlos para la tarea -nunca acabada pero siempre gratificante- de aumentar las capacidades expresivas y comunicativas.

Desde el pasado curso, para acceder a los estudios de Educación Infantil y Educación Primaria en las universidades públicas y privadas del sistema universitario catalán se debe superar la Prueba de Aptitud Personal. Dicha prueba valora los conocimientos, habilidades y competencias que se consideran imprescindibles para poder acceder con éxito a los grados en Educación. La Universitat Abat Oliba CEU pone a disposición de los estudiantes de segundo de bachillerato y de ciclos formativos los recursos necesarios para ayudarles a superar esta prueba mediante el Curso intensivo de preparación para el acceso a los Grados de Educación.

Miguel Ángel Belmonte
Director del Departamento de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universitat Abat Oliba CEU

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